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lunes, 3 de agosto de 2009

Intercesiones amorosas de la Virgen de los Ángeles

María Luisa Cabezas

María Auxiliadora, La Virgen del Carmen, La Virgen del Pilar, la Inmaculada Concepción, la Virgen de Lourdes: distintas advocaciones, distintas devociones, pero todas son muestras de amor, cariño y devoción a la Santísima Virgen María. Pero para nosotros los costarricenses es la Virgen de los Ángeles, madre amorosa y protectora de Costa Rica.

virgendelosangeles Tenemos que agradecerle que se dignara a escoger nuestra querida Patria como morada de su misericordia y favores. Ella vela e intercede por todos, pero también sufre, así se puede decir, por el desamor de muchos.

Pero no sería justo dejar de reconocerla inmensa devoción que se siente por la Negrita de los Ángeles. Su Santuario siempre estará abierto para los muchos devotos que llegan a saludarla y también a pedirle que interceda por sus necesidades.

El día de su fiesta, el 2 de agosto, su Santuario es visitado por miles de y miles de fieles que llegan a rendirle culto y hacerse presentes para agradecerle sus favores. Desde dos semanas antes de la celebración se ven pasar los grupos de peregrinos que van a pie o a caballo a pagar sus promesas. El primero de agosto todo el día se ven ríos de gente transitando por todos los caminos que llevan a Cartago.

Personalmente disfruto mucho mis visitas a esa Madre queridísima, a quien no puedo dejar de agradecer, con todo mi corazón su intercesión en tantos y tantos favores que ha concedido a mi familia y a mí, milagros puedo decir.

María Elena Araya Borge

Me piden que escriba una anécdota sobre la Virgen de los Ángeles y con mucho cariño les cuento que una vez mi esposo estaba enfermo y el doctor le dijo: que él era asmático y que generalmente esa enfermedad era para toda la vida. Él no quiso aceptar ese diagnóstico y se fue donde la Virgencita, la visitó, le oró, pidiéndole que lo sanara y que le ofrecía que todos los 2 de agosto se iba a hacer un almuerzo para niños pobres en honor a Ella.

Pues bueno, a partir de ese día y por más de 30 años, en mi casa primero y en la finquita después, se celebró ese día con mucha alegría pues los niños le cantaban a la Virgen. No faltaba arroz con pollo, dulces y demás, así como no faltaba tampoco toda la familia que se reunía a celebrar tan importante fiesta en honor de María.

Pero lo más importante es que mi esposo fue sanado para siempre y nosotros la hemos venerado y respetado mucho y por siempre.

lunes, 27 de julio de 2009

María es Madre de la Iglesia

Eric J. Mora Salazar

La maternidad de María, Nuestra Madre, es un don inigualable, es un derrame total y absoluto de gracias para nosotros, el pueblo sacerdotal, del cual ella es participante primada y antes que todo, Madre. Ella es la más eficaz intercesora. La llamamos Abogada, Mediadora. Pero María no puede ser nunca equiparada con el Verbo Encarnado (Catecismo de la Iglesia Católica – CIC –, 970). De tal manera que nos encontramos ante un misterio: María es la mujer que vivió el camino de la fe como ningún otro ser lo vivirá, alcanzando la perfecta unidad con su Hijo, incluyéndose aquí un giro peculiar: ella es su Madre, y por tanto Madre de la Iglesia.

En virtud de que María es Madre de Cristo, también es Madre de la Iglesia. Puesto que la unión de Cristo con su Iglesia es inseparable, la unión de María con la Iglesia  de su Hijo también lo es. Al brotar la Iglesia del costado de Cristo, esta es una con Él y en Él. “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’” (Jn 19, 26). Cristo y María y Cristo y la Iglesia; todo se confabula en una unidad. Jesús dona su Madre al discípulo amado – nosotros – y a partir de este momento la Santísima Virgen, quien había participado del Misterio del Verbo Encarnado desde su concepción hasta su pasión y muerte, extiende su amor materno a la Iglesia.

María es Mediadora. Si bien es acertado reconocer que Cristo es el único Mediador ante el Padre, “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.” (Lumen Gentium – LG –, 60) Pues de la misma manera que los presbíteros y el pueblo de Dios participan del sacerdocio de Cristo, siendo Él el Sumo y Eterno Sacerdote, asimismo “la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación” (LG, 62).

¿Querría decir esto que todos nosotros también podemos ser, como María, MA123mediadores? Sí (ya vimos por qué), y no. A diferencia de nosotros, desde el “hágase en mí según tu Palabra” nuestra Madre se matricula rotundamente a la voluntad del Padre, a la obra de redención de Cristo, y a todo impulso del Espíritu Santo. La Madre de Dios constituye la “figura” (typus) de la Iglesia, su prototipo de discípulo. Ella está enriquecida con una grandísima dignidad y privilegios y es para la Iglesia, como amorosa Madre de Cristo, el modelo de perfecta fe, esperanza y caridad. Los dones y gracias derramados sobre ella superan infinitamente los nuestros.

Pero todo esto no la convierte en una deidad. Ella permanece unida a los hermanos de su Hijo. Ella es miembro eminente de la Iglesia al cooperar con su amor a su nacimiento. (LG, 53) Es primera en el orden de la gracia y en la economía (manejo, gestión, eficacia) de la salvación. A partir de esta gracia, la Iglesia se ve llamada a imitarla en perfección y en amor materno, levantando sus ojos hacia ella como un niño levanta los ojos a su mamá.

Nos dice la Lumen Gentium en el no. 65: “La Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles.” Permanezcamos unidos en oración para que, al ejemplo de María, la Iglesia que somos todos nosotros permitamos que el Espíritu Santo engendre a Cristo en nuestros corazones.

lunes, 20 de julio de 2009

María de Nazaret fue una mujer sencilla

H. Jesús Balmaseda, fms

Cuando hablamos de sencillez nos vienen a la mente palabras como: simplicidad, naturalidad, inocencia, humildad, bondad, docilidad, pequeñez… Cuando pensamos en María nos es fácil asociarla a estas características porque esta mujer vivió lo extraordinario de forma ordinaria. Su vida no fue un camino fácil pero lo vivió desde la confianza total en Dios. Solamente las almas sencillas dan la impresión de hacer fácil lo difícil.

Al leer los pocos pasajes en los Evangelios que nos hablan de María nos quedamos maravillados ante la profundidad de vida de esta mujer. Al igual que la sencillez con la que Dios se hizo presente en la historia, rompe nuestros esquemas y nos sorprende la sencillez de vida de María. Nos descoloca, nos desubica. Frente a esto podemos caer en la tentación en la que cayó Pedro ante Jesús transfigurado, “hagamos tres tiendas”: la tentación de quedarnos a contemplar las maravillas de Dios. Dios no quiere que le admiremos sino que lo imitemos.

María tampoco quiere que la admiremos. Ella nos ha marcado el camino en el seguimiento de Cristo. María hizo su propio camino de fe hasta convertirse en la perfecta discípula de Cristo. Este camino en la fe lo inició el día en que el ángel Gabriel la saludó diciendo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, y lo terminó en medio de la comunidad de los seguidores de Jesús, dentro de los cuales ella ocupaba un lugar relevante por ser la madre del Mesías.

Pero esto no es sólo a nivel humano. San Agustín decía que María concibió a Jesús primero en su corazón y después en su cuerpo. Antes de ser su madre en la carne lo concibió en la fe. Sin la fe, de nada hubiera servido ser la madre de Cristo. Este camino de fe es el mejor regalo que María nos puede haber dejado. Sólo el que tiene un corazón sencillo puede tener la osadía de recorrerlo. Sólo el que tiene un corazón de niño es capaz de fiarse en Dios y creer que “para Dios nada hay imposible”.

La vida de María fue eso, un creer en lo imposible. María encarna con fe la Palabra del Señor. La guarda en el corazón y la pone en práctica. María, por su fe, es el ejemplo del cristiano, discípulo y misionero del Señor. En María, le fe se traduce en ser madre, educadora y discípula del Señor. En María, la fe no reside, primordialmente, en la maternidad, sino en la fe y en el compromiso radical y entero con Dios y con su proyecto.

La pregunta es ¿cómo María, mujer de pueblo, fue capaz de alcanzar la altura espiritual que logró? Definitivamente que la gracia de Dios estaba con ella. Pero, también con nosotros está la gracia de Dios. Es más, nosotros tenemos muchos más elementos para creer que los que tenía María y sin embargo estamos muy lejos de la calidad de respuesta y del camino recorrido por esta sencilla mujer.

Muchos imaginan que María nació ya como una “santa perfecta”. Piensan que ya lo sabía todo, que conocía lo que le pasaría a ella y a su hijo, que desde el comienzo de su vida habría tenido todas las certezas… Pero a la luz de lo que nos dicen los Evangelios esta es una idea equivocada. Solo una persona sencilla pudo atreverse a decir “Sí” a lo que Dios le pedía. Sólo una persona con corazón sencillo pudo ser fiel a pesar de la incertidumbre y a los obstáculos que encontró en el camino.

Por eso María guardaba en su corazón lo que no entendía, porque sabía que el no entender no significaba que Dios se había equivocado o que Jesús estaba equivocado. La sencillez de su corazón le decía que debía esperar para poder comprender. Después de la Resurrección de su Hijo y de la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés posiblemente comprendió que Dios tenía razón. Entendió que debía seguir mostrándose humilde y sencilla frente a Dios que siempre nos sorprende y se nos presenta por donde menos lo esperamos.

La vida de María fue un itinerario auténticamente humano. Negar este hecho y pretender sacarla de los parámetros de la humanidad sería injusto para ella y para nosotros. Esta mujer de fe nunca fue, ni será jamás, divina. La verdad es que María fue una mujer judía de su tiempo. Su vida era corriente. Sin mayor relieve, propia de una mujer que buscaba, ansiaba, reía y lloraba, que no lo entendía todo y tenía que encontrar su camino de etapa en etapa por la senda de la vida. La vida no trató a María de forma especial, pues ella compartió con nosotros la heredad que le corresponde a los humanos: lágrimas, aflicción, amargura, coraje y grandeza, agonía y muerte.

Santa Teresa de Lisieux afirma que amamos a María, no porque la madre de Dios recibiera privilegios particulares, sino porque vivía y sufría humildemente, como nosotros, en la noche oscura de la fe. María era hija de esta tierra, tenía pasiones humanas, gozos humanos. Compartía las preocupaciones íntimas que seguimos compartiendo hoy todos nosotros. Al liberar a María del peso que significa ser la mujer ideal y al bajarla del pedestal en la que la hemos subido, podrá manifestarse al fin tal como es en el seno de la Iglesia, y se convertirá para cada uno de nosotros en modelo de seguimiento de Cristo: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

lunes, 13 de julio de 2009

Madre de Cristo Sacerdote

Virgen Oferente

Hna Mercedes Casas, fsps

amorMADRE DE CRISTO SACERDOTE

VIRGEN OFERENTE, SIEMPRE FIEL

AL PIE DE LA CRUZ NOS DISTE

EL CUERPO Y SANGRE DE JESÚS

AQUEL CUERPO, AQUELLA SANGRE

QUE LLEVASTE EN TU SENO CON AMOR.

 

Te entregaste como pan en las manos de tu Dios

Como vino rebosante de alegría

Y su Amor miró tu amor y tomando tu humildad

Transformó tu vida en Eucaristía.

Te ofreciste como altar de la víctima de Dios

Como templo de una Alianza nueva y limpia

y contigo Dios selló la promesa de su Amorev3pa22

Entregándonos la vida, a nuestra vida.

Te entregaste como cruz para el Cuerpo del Señor

En tu pecho se quedaron sus heridas,

Tu dolor Dios lo fundió entre su mismo dolor

Para hacerte nuestra Madre aquel día.

martes, 7 de julio de 2009