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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Fundación “Alianza de Amor” celebra su centenario en México

Una obra inspirada por la venerable Concepción Cabrera

PUEBLA, martes 10 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Cerca de 900 miembros de la Fundación "Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús", procedentes de Centroamérica, Europa y Norteamérica, celebraron el pasado fin de semana el primer centenario de su fundación el la ciudad mexicana de Puebla.

"Alianza de Amor" nace como la rama laical de las Obras de la Cruz, fundada en México por la venerable Concepción Cabrera de Armida y aprobada el 3 de noviembre de 1909 por el V.S.D. monseñor Ramón Ibarra y González, arzobispo de Puebla.

Los miembros de esta fundación buscan vivir y promover la santidad según la espiritualidad de la Cruz desde la vida cotidiana y en las realidades temporales. "Alianza de amor" se divide en pequeñas comunidades, que ofrecen un espacio para vivir el sacerdocio común recibido en el bautismo.

"Dios los ha elegido a ustedes, los ha consagrado a él, y les ha dado su amor, sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes", exhortó el arzobispo de Puebla Víctor Sánchez Espinosa, en la homilía durante la Misa en la que se conmemoró este centenario, haciendo alusión a la la carta de san Pablo a los Colosenses.

Cambiar corazones

Los miembros de Alianza de Amor se comprometen a vivir la vida cristiana en tres ramas fundamentales del apostolado laical: como personas en medio del mundo, como bautizados en la Iglesia y como discípulos en la Alianza del Amor.

Yolanda Amador de Jasso, presidenta de esta fundación, explicó a ZENIT el carisma de Alianza de Amor: "Una de las partes fundamentales es el consuelo al Sagrado Corazón de Jesús, y ahora entendemos que debemos consolar ese corazón a través del otro y con el otro".

"La meta es llegar a ser misioneros trasformando esas realidades que tanto le duelen al corazón de Jesús y que tanto le duelen a nuestros hermanos. Tenemos socios en todas partes del mundo y todos vamos con ese carisma de ser discípulos y misioneros", agregó la presidenta.

Mediante su testimonio y vida apostólica los miembros de Alianza de Amor se comprometen a extender el Reino de Dios. Viven un proceso de formación que abarca las áreas humana, cristiana, formación en la espiritualidad de la Cruz y en la Alianza de Amor. También se forman para la vivencia comunitaria y para la misión.

El encuentro de un fin de semana contó con la conferencia "La dimensión laical a partir de la experiencia de nuestra Madre Concepción Cabrera de Armida, como lo vivió y como lo viviría hoy", de la doctora Rocío Figueroa Alvear, miembro de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, quien advirtió sobre el peligro que representa el adoptar nuevas tendencias de pensamiento que llevan al individuo a vivir una sociedad sin Dios, con una libertad anárquica y relativismo cultural.

Rocío Figueroa indicó que el cristiano está inmerso en las realidades temporales y que su propósito debe ser la trasformación de esas realidades "buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios". (Lumen Gentium,39).

Madre y fundadora

La venerable Concepción Cabrera (1862 - 1937), más conocida como "Conchita", contrajo matrimonio a los 21 años con Francisco Armida, de quien tuvo nueve hijos. En 1901 su esposo falleció y ella se dedicó al estudio y al apoyo de sus hijos. La primera obra que fundó fue el Apostolado de la Cruz en 1895, para aquellas personas que desean santificar los actos de su vida.

En sus escritos Conchita revela cómo se lleva la cruz cotidiana: la de los deberes de una madre de familia, de una esposa, de una viuda hasta penetrar en el camino de la Cruz con Jesús para consolar su corazón afligido y adentrarse en ese acompañamiento a Jesús hacia el Calvario.

Fue la fundadora de cinco obras que son: Apostolado de la Cruz, Religiosas de la Cruz, Alianza de Amor, Fraternidad sacerdotal; y Misioneros del Espíritu Santo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Universal vocación y la santidad en la Iglesia

Fragmentos de la Constitución Apostólica Lumen Gentium

Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que por impulso del Espíritu Santo algunos cristianos abrazan, tanto en forma privada como en una condición o estado admitido por la Iglesia, da en el mundo, y conviene que lo dé, un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad.

Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que El es Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de Cruz02 cualquier condición que fuesen. "Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mc 12,30), y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en virtud de sus propios méritos, sino por designio y gracia de El, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios. Les amonesta el Apóstol a que vivan "como conviene a los santos" (Ef 5,3, y que "como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia" (Col 3,12) y produzcan los frutos del Espíritu para santificación (cf. Gal 5,22; Rom 6,22). Pero como todos tropezamos en muchas cosas (cf. Sant 3,2), tenemos continua necesidad de la misericordia de Dios y hemos de orar todos los días: "Perdónanos nuestras deudas" (Mt 6, 12). Fluye de ahí la clara consecuencia que todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversas medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos.

Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria. Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad.

Los consejos evangélicos

"Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en El" (1 Jn 4,16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom 5,5). Por consiguiente, el don principal y más necesario es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El. Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes. Porque la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que el amor hacia Dios y hacia el prójimo sea la característica distintiva del verdadero discípulo de Cristo.

(…)

Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar la santidad y la perfección de su propio estado. Vigilen, pues, todos por ordenar rectamente sus sentimientos, no sea que en el uso de las cosas de este mundo y en el apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza evangélica, de la búsqueda de la perfecta caridad, según el aviso del Apóstol: "Los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan" (cf. 1 Cor 7,31).

sábado, 24 de octubre de 2009

Gaudium et Spes: Un resumen

Como parte de su proceso formativo en el ciclo propedéutico del Diaconado Permanente, nuestro hermano Douglas Umaña preparó el siguiente resumen de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual (1965), que es uno de los principales documentos derivados del Concilio Vaticano II.

Pueden acceder al documento haciendo clic en el siguiente link.