lunes, 20 de julio de 2009

María de Nazaret fue una mujer sencilla

H. Jesús Balmaseda, fms

Cuando hablamos de sencillez nos vienen a la mente palabras como: simplicidad, naturalidad, inocencia, humildad, bondad, docilidad, pequeñez… Cuando pensamos en María nos es fácil asociarla a estas características porque esta mujer vivió lo extraordinario de forma ordinaria. Su vida no fue un camino fácil pero lo vivió desde la confianza total en Dios. Solamente las almas sencillas dan la impresión de hacer fácil lo difícil.

Al leer los pocos pasajes en los Evangelios que nos hablan de María nos quedamos maravillados ante la profundidad de vida de esta mujer. Al igual que la sencillez con la que Dios se hizo presente en la historia, rompe nuestros esquemas y nos sorprende la sencillez de vida de María. Nos descoloca, nos desubica. Frente a esto podemos caer en la tentación en la que cayó Pedro ante Jesús transfigurado, “hagamos tres tiendas”: la tentación de quedarnos a contemplar las maravillas de Dios. Dios no quiere que le admiremos sino que lo imitemos.

María tampoco quiere que la admiremos. Ella nos ha marcado el camino en el seguimiento de Cristo. María hizo su propio camino de fe hasta convertirse en la perfecta discípula de Cristo. Este camino en la fe lo inició el día en que el ángel Gabriel la saludó diciendo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, y lo terminó en medio de la comunidad de los seguidores de Jesús, dentro de los cuales ella ocupaba un lugar relevante por ser la madre del Mesías.

Pero esto no es sólo a nivel humano. San Agustín decía que María concibió a Jesús primero en su corazón y después en su cuerpo. Antes de ser su madre en la carne lo concibió en la fe. Sin la fe, de nada hubiera servido ser la madre de Cristo. Este camino de fe es el mejor regalo que María nos puede haber dejado. Sólo el que tiene un corazón sencillo puede tener la osadía de recorrerlo. Sólo el que tiene un corazón de niño es capaz de fiarse en Dios y creer que “para Dios nada hay imposible”.

La vida de María fue eso, un creer en lo imposible. María encarna con fe la Palabra del Señor. La guarda en el corazón y la pone en práctica. María, por su fe, es el ejemplo del cristiano, discípulo y misionero del Señor. En María, le fe se traduce en ser madre, educadora y discípula del Señor. En María, la fe no reside, primordialmente, en la maternidad, sino en la fe y en el compromiso radical y entero con Dios y con su proyecto.

La pregunta es ¿cómo María, mujer de pueblo, fue capaz de alcanzar la altura espiritual que logró? Definitivamente que la gracia de Dios estaba con ella. Pero, también con nosotros está la gracia de Dios. Es más, nosotros tenemos muchos más elementos para creer que los que tenía María y sin embargo estamos muy lejos de la calidad de respuesta y del camino recorrido por esta sencilla mujer.

Muchos imaginan que María nació ya como una “santa perfecta”. Piensan que ya lo sabía todo, que conocía lo que le pasaría a ella y a su hijo, que desde el comienzo de su vida habría tenido todas las certezas… Pero a la luz de lo que nos dicen los Evangelios esta es una idea equivocada. Solo una persona sencilla pudo atreverse a decir “Sí” a lo que Dios le pedía. Sólo una persona con corazón sencillo pudo ser fiel a pesar de la incertidumbre y a los obstáculos que encontró en el camino.

Por eso María guardaba en su corazón lo que no entendía, porque sabía que el no entender no significaba que Dios se había equivocado o que Jesús estaba equivocado. La sencillez de su corazón le decía que debía esperar para poder comprender. Después de la Resurrección de su Hijo y de la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés posiblemente comprendió que Dios tenía razón. Entendió que debía seguir mostrándose humilde y sencilla frente a Dios que siempre nos sorprende y se nos presenta por donde menos lo esperamos.

La vida de María fue un itinerario auténticamente humano. Negar este hecho y pretender sacarla de los parámetros de la humanidad sería injusto para ella y para nosotros. Esta mujer de fe nunca fue, ni será jamás, divina. La verdad es que María fue una mujer judía de su tiempo. Su vida era corriente. Sin mayor relieve, propia de una mujer que buscaba, ansiaba, reía y lloraba, que no lo entendía todo y tenía que encontrar su camino de etapa en etapa por la senda de la vida. La vida no trató a María de forma especial, pues ella compartió con nosotros la heredad que le corresponde a los humanos: lágrimas, aflicción, amargura, coraje y grandeza, agonía y muerte.

Santa Teresa de Lisieux afirma que amamos a María, no porque la madre de Dios recibiera privilegios particulares, sino porque vivía y sufría humildemente, como nosotros, en la noche oscura de la fe. María era hija de esta tierra, tenía pasiones humanas, gozos humanos. Compartía las preocupaciones íntimas que seguimos compartiendo hoy todos nosotros. Al liberar a María del peso que significa ser la mujer ideal y al bajarla del pedestal en la que la hemos subido, podrá manifestarse al fin tal como es en el seno de la Iglesia, y se convertirá para cada uno de nosotros en modelo de seguimiento de Cristo: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

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